Este 27 de febrero, el Presidente de la República rindió cuentas ante la Asamblea Nacional por tercera ocasión. Abinader discursó por casi tres horas destacando, entre otras cosas, la estabilidad económica del país y algo así como la llegada a la “tierra prometida” que esperó el pueblo dominicano durante 179 años, cual Moisés y el pueblo de Israel. Muchos fueron los temas abordados, algunos con menor o parcial grado de veracidad, mientras otros dejaron más perplejidad que certidumbre. Muchos jóvenes, en la madrugada del 28 de febrero, entre la confusión y unas gotas de esperanza, se preguntaron: ¿Cuál es la República Dominicana de la que habla el Presidente?

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En el extenso discurso de 97 páginas, la palabra juventud o jóvenes fue mencionada en 22 ocasiones, 4 veces la primera y 18 veces la segunda para ser exactos, algo que, siendo justos, debemos aplaudir. De sus palabras, respaldadas por los aplausos que seduce el poder, salió la afirmación de que hoy tenemos la mayor cantidad de jóvenes con un empleo formal de la historia. Es el mismo Presidente que minutos más tarde hace alarde de que, en el año 2022, se beneficiaron 33,927 jóvenes entre 18 y 30 años con empleos. Es ese momento, con esas “estadísticas”, que muchos jóvenes en el calor de la mañana y con la conciencia enfebrecida por no sentirse incluídos, construyeron la primera de las interrogantes, preguntándose: ¿de qué empleos habla el Presidente?.

Todo joven que tuvo la oportunidad de escuchar el discurso del Presidente Abinader, sorprendido en su buena fé, pudo pensar, y de hecho pensó, que en la República Dominicana cualquier adversidad propia del mundo, la política y la vida misma, ha quedado en el lúgubre pasado que representa cualquier político que hasta el día de hoy no se haya vendido al poder. Fueron casi tres horas de datos positivos para el país, algo nuevo, sorpresivo, subitáneo. Y me valgo de estos epítetos porque basta con tomar un transporte público, charlar con las amas de casa o conversar con algún jóven recién graduado —de esos sin padrino—, para conocer la realidad del país.

La estrategia de ilusionar me parece poco prudente, en realidad, más que imprudente: contraproducente. En escenarios como el que vive el pueblo dominicano, donde rebosa la frustración y son desmedidas las carencias, alimentar la ilusión es, simple y sencillamente, matar de decepción. No nos sorprendería que la inflación, presente entre los pasillos de cualquier supermercado, también infló los números presentados en el dichoso discurso. La filosofía política del actual gobierno construyó del cambio una ilusión, lo que no saben estos filósofos es que, contrario a lo expresado en la célebre frase, de ilusiones no se vive. Quien ilusiona mucho, decepciona en igual medida. Precisamente en este punto, es donde surge la segunda pregunta: ¿de qué vale la ilusión?, ¿con qué se come?, ¿qué se paga con ella?.

El Presidente mencionó que a la juventud hay que hablarle del presente y no del futuro. El único problema, con el respeto que me merece, es que la juventud no alberga esperanzas en el futuro por las insuficiencias del presente. El presente pierde sentido cuando nuestras vidas están a la merced del arma de fuego que porta un uniforme gris, con poca educación y mucha soberbia, con bajo salario y altas pretensiones, con todo y nada. Por otra parte, coincidiendo con sus palabras, tampoco se puede hablar de futuro, pues resulta casi imposible que un jóven salga de casa de sus padres aún siendo profesional, las ganas siempre están, los medios casi nunca. En ambas situaciones, entre el miedo y la incertidumbre, la juventud se pregunta: ¿de qué presente habla el Presidente?, ¿de qué futuro?.

Estas y otras preguntas no se consuelan con informes, estadísticas o gráficos que poco aportan a las despensas o las alcancías. Estas preguntas se responderán cuando la juventud, ansiosa de dignidad, tenga las oportunidades y el desarrollo que tanto sirve como alimento para los discursos propagandísticos. Por eso, yendo más allá de la prosa, decimos:

“Las respuestas que esperamos, y a lo que este pueblo aspira, es que no hayan más mentiras, de muy pocos ya nos fiamos. Todo lo que se respira, es que vamos pa’ peor, y como dice Campoamor, que en este mundo traidor, al final va a depender, del cristal con que se mira”.

Por Wander Pulinario.

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